El autogiro de la Laboral

La Nueva España

Estas semanas va creciendo la polémica sobre el giro copernicano que, de manera repentina, se ha decidido imprimir a uno de los equipamientos culturales regionales de mayor inversión pública de los últimos años: el teatro de la Universidad Laboral de Gijón. En el epicentro de las diatribas se ubica la presencia en el recinto de José Luis Moreno, productor de espectáculos televisivos y teatrales y muy popular desde hace décadas como ventrílocuo entre el gran público.

Sinceramente, no creo que la principal traba resida en la presencia o no de Moreno y sus espectáculos. No se trata, como se nos quiere hacer ver, de una cuestión de gustos (curiosa la transmutación entre los que antes defendían la vanguardia radical como eje de una programación y ahora se abrazan a la necesidad de que las grandes masas ocupen el patio y el teatro de la Laboral). El asunto tiene un calado mayor estrictamente vinculado al aprovechamiento del dinero público, que es el que pagamos todos los ciudadanos con nuestros impuestos.

No creo que nadie en su sano juicio pensase que con la anterior programación, realizada por Mateo Feijóo, el enfoque y la búsqueda fuesen la de una rentabilidad inmediata de público. Se trataba de una propuesta muy vanguardista que incluso en grandes ciudades como Madrid o Barcelona hubiera tenido problemas de público, cuanto más entre nosotros. Pero la impaciencia política es terrible y la incapacidad para dejar que los procesos culturales maduren es un mal endémico de nuestro país que lleva a políticos ignorantes a tomar decisiones equivocadas y a dar la espalda a los técnicos.

Ahora Moreno plantea una programación articulada en torno a la zarzuela, a la ópera, al patinaje sobre hielo y a otros espectáculos, además de alguna gala televisiva. Parece ser que todo va a taquilla, con lo cual asumirá el riesgo como productor. Hasta ahí poco que objetar. El problema está en que la Laboral no es un teatro privado, sino público, y como tal las cesiones del mismo condicionan de inmediato la personalidad que se le quiera dar a la sala. Si el concepto de calidad para calibrar una zarzuela es sacar caballos y disparar fuegos artificiales, ¡aviados estamos! He asistido a algunos espectáculos líricos producidos por Moreno en una de sus etapas madrileñas y, desde mi punto de vista como crítico especializado, se trataba de propuestas deficientísimas en la mayoría de sus parámetros tanto en lo que se refiere a los apartados musical y escénico como a la calidad global de los repartos. Queda por ver lo que ofrecerá en Gijón que, a nivel artístico, deberá juzgarse una vez se realice y no antes.

Cuando se invirtieron decenas de millones de euros en el complejo de la Laboral se explicó a la ciudadanía que se trataba de una apuesta regional que no buscaba competir con la oferta ya existente en el Principado, sino ir más allá y abrir nuevas propuestas hasta ahora inéditas en la región. Parece que todo esto ahora se olvida. Entonces, ¿para qué la necesidad de esa inversión desmesurada? ¿Para ofrecer recitales de Isabel Pantoja o de Montserrat Caballé y su hija se precisaba una sofisticadísima caja escénica hasta ahora infrautilizada? Las propuestas de carácter más estándar -musicales o líricas- llegaron a la Laboral de la mano del teatro Jovellanos mientras este cerró por obras, como elemento al margen de la programación de la sala. Lo de ahora es diferente. El teatro se deja en manos de promotores privados que pasan una especie de selección previa. El argumento demagógico y falaz de llenar y llevar mucho público como sea roza lo absurdo. ¿Son acaso determinados programas de televisión de máxima audiencia y que sirven abundante carnaza los propios de un medio público? La calidad y la variedad programativa deben ser los horizontes de un teatro regional. Otra cosa es que luego los espectáculos funcionen o no, o que generen más o menos polémica. Diseñar ciclos artísticos no es lo mismo que hacer coches de la Renault. Estamos ante otra cosa.

El teatro Jovellanos lleva años sacando adelante una programación muy variada con un equipo de técnicos de muy alta calidad, comandados por Carmen Veiga. El Campoamor se ha convertido en un teatro lírico y de ballet de referencia internacional con once meses de programación operística, zarzuela y danza, algo único en España fuera de Madrid y Barcelona. Avilés ha configurado una programación teatral de referencia. El Gobierno regional ha construido equipamientos escénicos en Gijón y Avilés -Laboral y Niemeyer-. ¿Y en Oviedo? Nada. Es la única capital autonómica sin programación de espectáculos específicos -con ciclos propios- de su Gobierno regional. Por supuesto, de equipamientos ni hablamos. Incluso es prácticamente imposible conseguir que un teatro del nivel del Campoamor logre reformar su escenario en condiciones como sí se ha hecho en la mayoría de las capitales autonómicas con fondos municipales, regionales y nacionales. Los ciclos musicales, los de danza o líricos carecen de ayudas regionales, salvo una aportación a la temporada de ópera que es la menor de un Gobierno regional a su ciclo operístico. La ópera de Oviedo es el gran evento cultural de Asturias desde hace más de seis décadas. Sectorialmente es una marca universal y mueve a ¡decenas de miles de asistentes! Pese a ello es incapaz de salir de una miseria presupuestaria que, tal como van las cosas, puede ser catastrófica en años venideros. Y, ante este panorama, el autogiro de la Laboral produce perplejidad y sonrojo. El mismo que, en dos días, produjo el escuchar al nuevo hombre fuerte del emblemático edificio franquista decir que crearía el Salzburgo español para luego llegar al Zara de la cultura. Entre ambos conceptos queda mucho camino por recorrer y toneladas de demagogia y caspa por esparcir.

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